En su segunda epístola, Pedro narra cómo el señor vendrá como un ladrón en la noche. La exégesis bíblica interpreta esta pasada de metáfora a través de la parusía, de esa espera(nza) de la segunda llegada de Dios, pero a mí me gusta interpretarlo desde no su llegada, sino su marcha: el ladrón no solo llega cuando no se le espera, sino que también abandona el hogar sin ser notado. Y es en esta marcha de lo sagrado cuando aparece la catástrofe.
Ahora bien, Teorema, de Pasolini, dista bastante de ser una obra nocturna: por el contrario, es una obra plenamente mediterránea, donde el sol ilumina todo hasta el punto de hacerlo resplandeciente, sagrado. Su luz, sin embargo, es una luz difuminada, que atraviesa gasas y que, lejos de devolver figuras claras, devuelve tan solo gestos, movimientos, pero nunca cuerpos completos. Este juego con la ausencia de detalles y la falta de concreciones siempre ha sido algo presente en la obra fílmica de Pasolini, pero aquí lo traslada al ámbito literario de una forma sorprendentemente evocadora, que da un aire más misterioso -y mistérico- a la obra y sus protagonistas.
Teorema es una obra que aborda la falta de gestualidad, de una dimensión íntima, en la burguesía, concretamente en el seno de una familia de la alta burguesía industrial italiana. Abotargada por el tedio burgués, la llegada de un joven muchachito trastoca completamente.
Para Pasolini, Teorema trata de cómo la burguesía se enfrenta a lo sagrado y cómo, cuando lo tiene ante sí, al intentar poseerlo no solo vacía al objeto de sacralidad, sino que se vacía a sí misma de subjetividad. La mirada del burgués, una vez se aleja de ese cuerpo sagrado, se confirma como una mirada sin vida que, al igual que el cadáver balbuceante de la mercancía, tan solo se dedica a repetir gestos que ya no son gestos sino automatismos despojados de toda subjetividad (en este sentido, es imposible evitar pensar en El desierto rojo de Antonioni, y concretamente, en la figura del hijo).
La única redención posible está en la figura de la limpiadora que, como figura paradójica enclaustrada en el orden burgués sin pertenecer a él, es la única capaz de aceptar el carácter sagrado del huésped que les ha visitado, si bien a cambio ella se convierte en objeto ya no sacro, sino sacrifical. Con Teorema, Pasolini nos desvela no sólo como la gestualidad burguesa es una gestualidad hueca, construida a través de la repetición y el tedio; sino cómo también contamina y desacraliza cualquier atisbo de trascendencia.