Me acerqué a este libro porque en todas partes figura como uno de los estudios esenciales sobre Borges, pero no fui capaz de identificar una sola idea clara y distinta en sus dos centenares de páginas. Resulta ejemplar, eso sí, por la característica prosa retórica que suele cultivar la crítica postestructuralista. Empieza estableciendo una categoría abstracta desde la que analizar la obra de Borges (el "vaivén"), que es lo suficientemente vaga e indefinida como para explicarlo todo y no explicar nada. Después va dando saltos, sin método y sin orden, de un texto a otro. Por supuesto, cita mucho a Blanchot, Lacan, Foucault, pero estas referencias no añaden nada a la argumentación, principalmente porque no hay argumentación. En varios pasajes exhibe la ignorancia que su palabrería trata de disimular: usa la expresión "petitio princeps" en dos ocasiones, evidenciando que no es una errata. El único atisbo de sabiduría que se permite el libro está en el prólogo, donde Molloy cuenta que nunca le envió su trabajo a Borges porque sospechaba no lo leería.