«Eran todas unas ladronas y unas canallas»
La autora cuenta su paso traumático por el ejercito de su país cuando tuvo que hacer el servicio militar. El mayor problema es que su intimidad se vio constantemente expuesta, no tenía un espacio para ella, todo era colectivo. Quién obliga a esta situación se posiciona en lo alto, sustenta el poder.
Para la autora fue una invasión de ese espacio propio al que estaba acostumbrada. Esos límites que nuestro cerebro marca como seguros desaparecieron, no solo hablo de lo físico, de esos centímetros de distancia que necesitamos de otras personas, también de los estímulos, ruidos, luces, olores, también de la vigilancia a la que estuvo sometida, del control y la amenaza, todo ello hace que su espacio personal se viera invadido y como la situación no cambió, como no pudo gestionar “sus fronteras personales” llevó a niveles de estrés elevados. Se mantuvieron, consecuencia, la debilitaron y dejaron huella.
Nuestro cerebro delimita ese espacio, cada uno de nosotros tiene un espacio personal, cada uno de nosotros tiene unos límites determinados, algunos tienen tolerancia a esa invasión y otros, como la autora, no. ¿Qué se consiguen con esa estrategia? La presión y el exceso de estímulos hace que el sujeto se acostumbre a esa invasión constante y permite, al bajar las barreras, que más cosas le alcancen, le atrapen y dirijan.
No me enganchó del todo, me llamó la atención la respuesta de la autora a esa presión, pero me faltó algo.