Pocas veces una novela consigue hacerme perder el sueño. Lo habitual es que disfrute de su historia, que me inquiete, que me lleve a esos pasajes anhelados en los que uno duda de si conviene encender o no la luz…pero al llegar el momento de irme a la cama suelo caer rendido, perdido entre mis pensamientos cotidianos.
Sin embargo, fueron varias las veces en que mi cabeza se iba una y otra vez a las implicaciones que tiene todo lo que nos narra Jeffrey Konvitz en este Centinela. Y es curioso, ya que en realidad esta historia no cuenta nada nuevo que se aleje de la eterna lucha entre el bien y el mal. No es necesario desvelar demasiado de la trama pero digamos que juega en la misma liga que otras obras emblemáticas de su época. En especial de La semilla del diablo, pero este libro posee esa pequeña magia que te lleva a través de sus hojas a los rincones más oscuros que frecuentan nuestros miedos.
La historia de nuestra protagonista, Allison Parker, mujer independiente con algún que otro trauma del pasado, la lleva a alquilar un apartamento cuyos vecinos tienen comportamientos un tanto especiales. Su vuelta al trabajo tras el fallecimiento de su padre, y su necesidad de vivir sola, alejada de su novio, le genera una ansiedad que se materializa en frecuentes dolores de cabeza y desmayos, los cuales se verán aliviados al sujetar con fuerza un pequeño crucifijo que tenía olvidado.
A pesar de lo recurrido de su argumento la novela consigue transmitir todo ese mal rollo necesario para que su experiencia se vuelva aterradora. Situaciones desconcertantes, apariciones grotescas y fantasmales, comportamientos siniestros, secretos oscuros…toda una serie de momentos que parecen sublimarse ante la presencia de un centinela que vigila desde su ventana los acontecimientos que se van desarrollando a lo largo de la novela. Permítame que deje de lado todas las implicaciones y las claves que rodean a este personaje que titula la novela y que sea el propio lector el que descubra lo que se esconde tras esa mirada.
Por otro lado, a pesar de las grandes virtudes que se encuentran en esta historia, su narrativa está completamente lastrada por una visión arcaica de una sociedad en donde el papel de la mujer queda relegado a un espacio impropio para los tiempos actuales. Quizás como advertencia a las jóvenes del momento, a mediados de la década de los setenta, acerca del peligro que supone tratar de vivir de manera independiente y no bajo la fuerte protección masculina. Es lamentable comprobar como la novela se divide en dos partes en las que, a mitad de la narración, se deja de lado a su protagonista para centrarse en la validez del hombre para resolver conflictos o como algunos de los momentos más estremecedores de la historia vengan generados por la orientación sexual de algunos personajes de relevancia en la historia. O la de veces que la solución que se adopta ante la elevación de la voz de la protagonista sea respondida con una contundente bofetada.
Dejando de lado todo eso, la historia se disfruta y mucho puesto que Konvitz consigue mantener en todo momento el desconcierto de una historia que requiere de esa sensación para llevar al lector hacia las puertas del mismo infierno. Cuando terminas por aceptar esa propuesta, el miedo te acompaña a cada párrafo del último tercio de la novela y a partir de ahí, las pesadillas se materializarán desde el momento en que apagas la luz de tu cuarto.