Siete personajes atrapados por un temporal deciden animar la espera contándose historias que nunca antes habían confesado. La nueva delicia de un autor que se ha afianzado libro a libro como un clásico contemporáneo.
«Landero es uno de los mejores novelistas españoles.» José-Carlos Mainer, Babelia (El País) «Un pedazo de escritor que crece y crece, cuando creíamos que era ya suficientemente grande.» J.M. Pozuelo Yvancos, Abc Cultural «Si hay un valor seguro en la actualidad literaria española es la prosa, son las historias, de este escritor extraordinario.» Fernando Aramburu «Landero sigue en racha… Uno de los narradores más contundentes, ricos, profundos y reconocidos en español.» Jesús Ruiz Mantilla, El País Semanal «Landero es uno de los grandes escritores de este mundo.» Manuel Vilas «Si me pidieran candidatos españoles al Nobel no dudaría en declamar el Luis Landero.» José Antonio Vidal Castaño, Levante «Landero es uno de los grandes novelistas actuales, si no el más grande.» Luis Beltrán, Barcarola Siete personajes se quedan atrapados en un hotel rural durante la tormenta de nieve Filomena. Sin cobertura ni conexiones, pero sí con víveres, deciden animar la espera contándose historias, y de ese diálogo, al que se suman los dos hosteleros, saldrán anécdotas que ocuparán ritualmente cada sobremesa, y que no solo les permitirán conocerse entre sí, sino también debatir y aprender de las vidas de los otros. Con el dominio magistral del relato oral de un autor como Landero, las historias que se cuentan estos desconocidos pronto se convierten en confesiones de sus peripecias vitales hechas al calor del momento, en narraciones de algunas experiencias que les han marcado de por vida y que se suceden y entrelazan con auténtica intriga y emoción. Homenaje a las novelas dialogadas clásicas, pequeño Decamerón de nuestros días y sucesión cervantina de relatos ejemplares, Coloquio de invierno es una delicia literaria de principio a fin, un nuevo regalo de un escritor que ha afianzado libro a libro su condición de clásico contemporáneo.
Luis Landero Durán, nacido en una familia de agricultores extremeños emigrados a Madrid en 1960, tuvo que trabajar muy joven para pagarse los estudios en los oficios más variopintos, en especial como profesor de guitarra flamenca. Estudió filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y ejerció en la misma como profesor ayudante de Filología Francesa. También fue profesor de Lengua y Literatura españolas en un instituto de bachillerato de Madrid. Actualmente está jubilado, tras impartir clases en la Escuela de Arte Dramático de esta misma ciudad. Desde la aparición de su primera y exitosa novela, Juegos de la edad tardía, donde se da un singular diálogo entre la fantasía y la realidad de raíces cervantinas, y que fue galardonada con los premios de la Crítica de 1989 y el Nacional de Literatura en 1990, ha publicado otras novelas y artículos en la prensa (El País, principalmente) recogidos en ¿Cómo le corto el pelo, caballero? (2004).
Me lo he terminado porque estaba en un club de lectura. Malo, casposo y aburrido. La premisa era buena, la ejecución es un monólogo de anécdotas, a cada cual más desagradable, en una espiral ascendente por añadir cada vez más relleno y prolegómenos, y con unos narradores indistinguibles unos de otros. Los personajes femeninos, tanto las narradoras como las narradas, giran en torno a la palabra guapa y belleza, constantemente. Los narradores copan más de dos tercios de la novela y no hay prácticamente participación de las narradoras hasta el final de la historia. Por no hablar del par de delincuentes ahí metidos, o de lo poco creíble que resulta que confiesen delitos que llevan escondiendo años a perfectos desconocidos. Lectura evitable.
«Hay incluso quien dice que vivir es vivir más contar, y que hasta que no se cuenta lo vivido no está completa la experiencia de la vida».
Cuando terminé “Coloquio de invierno” pensé que no podía empezar esta reseña de otra manera. Porque pocas novelas reflejan tan bien esa idea tan sencilla y tan hermosa: la necesidad que tenemos de contar historias.
La idea de la que parte la novela es muy sencilla, pero funciona de maravilla. Varios desconocidos quedan aislados en un pequeño hotel de montaña durante una gran nevada. Sin cobertura, sin noticias del mundo exterior y con el tiempo detenido, lo único que les queda es hacer lo que los seres humanos han hecho siempre desde el principio de los tiempos. Hablar, recordar y contar.
Así comienza un coloquio que poco a poco se convierte en algo mucho más profundo.
Cada uno de los personajes aporta su voz, su historia y su manera de mirar el mundo. A veces cuentan anécdotas, otras veces confesiones, recuerdos o reflexiones. Algunas historias son trágicas, otras absurdas y otras sencillamente humanas. Pero todas tienen algo en común. Hablan de la vida tal como es, con sus contradicciones, sus secretos y esos momentos que, casi sin darnos cuenta, pueden cambiarlo todo.
Uno de los grandes aciertos de esta novela está precisamente en su estructura coral. Luis Landero construye un mosaico de relatos donde cada historia ilumina a las demás. Poco a poco vamos comprendiendo que la vida de cualquiera puede convertirse en un relato fascinante si se sabe mirar y contar.
Entre todas esas historias destaca especialmente la de Monroy, un personaje lleno de matices y contradicciones cuya vida parece moverse siempre entre el azar, el destino y esas decisiones que se toman en apenas unos segundos. A través de él la novela nos recuerda algo muy cierto: la vida puede torcerse en un instante. Un gesto, una palabra o un malentendido pueden cambiar el rumbo de una existencia entera.
Pero más allá de las historias concretas, lo que realmente me ha conquistado de esta novela es su atmósfera. La nieve cayendo fuera, el tiempo suspendido, las luces bajas del hotel y un grupo de personas que empiezan siendo casi desconocidas y terminan compartiendo mucho más de lo que imaginaban. Mientras leía tenía la sensación de estar sentada allí con ellos, escuchando.
Y una vez más Luis Landero demuestra por qué sigue siendo uno de los grandes narradores de nuestra literatura. Tiene una forma muy especial de convertir lo cotidiano en literatura y de encontrar belleza incluso en los pequeños detalles de la vida.
He disfrutado muchísimo esta lectura. Es de esas novelas que se leen con calma, dejándose llevar por las historias, por las voces de los personajes y por todo lo que se va revelando poco a poco entre conversación y conversación.
Y al cerrar el libro queda una sensación muy bonita. La de haber participado también en ese coloquio, escuchando historias alrededor de una mesa mientras afuera sigue nevando.
Porque al final quizá la vida sea exactamente eso. Vivir… y luego contarlo.
No he acabado de conectar ni de entrar del todo. No me molesta el formato, me parece incluso una premisa divertida para justificar los relatos y crea una continuidad en el libro. Simplemente no me ha acabado de gustar. Ni fu ni fa.
La premisa me pareció super interesante y divertida, pero las historias me parecieron insulsas. Son cuentos cotidianos que desencadenan crisis vitales. El encuentro con una vieja maga, la pria de un mechero o la aparición de un perro como una mirada maliciosa, unas palabras a destiempo...
No me gusta hacer este comentario, pero he sentido que veces siento que se nota mucho que las historias están escritas desde el punto de vista de la mirada masculina. Esa perspectiva no invalida la novela, por supuesto, pero sí ha hecho que me costara conectar con algunas historias y que las sintiera más distantes.
Como relato, de la mitad en adelante tiene un pase. Mucho detalle, corto y repetitivo en reflexiones. Hay dos historias que hacen que tengas ganas de dejar de leer por lo repulsivas que son y no me creo que en ese contexto, los "contertulios" no reaccionen de múltiples maneras y no de la manera tan condescendiente que lo hacen. En fin, lo siento, pero me quedo con cuatro cosas del libro. Tenía ganas de acabarlo pero por tacharlo de la lista no por disfrute.
“A propósito de las estrellas muertas y los antiguos templos, miraba la catedral de Sevilla y pensaba: Con lo que ha costado hacerla (y me imaginaba a miles y miles de obreros y de artistas trabajando sin pausa ni desmayo durante más de un siglo, una generación tras otra, además del gasto incalculable que eso supone), ¿cómo no voy a creer que Dios existe y que esa es, en efecto, su casa? Así que, para mí, la mejor prueba de la existencia de Dios fue la catedral de Sevilla. Era como un silogismo irrefutable: Si hay catedral, hay Dios. O, como diría Nuria: Si hay brillo, habrá Dios”.
Un librito ligero sobre personas encerradas durante la tormenta Filomena. No se conocen y aprovechan para confesarse historias de sus arrepentimientos, vergüenzas, deseos incumplidos. Historias de la entrecana zona media en la que todos vivimos. Cómo un sólo instante puede cambiar la vida entera de una persona, y como a veces es mas fácil confesarse con desconocidos
Nadie va a descubrir a Luis Landero a estas alturas. Mentira. Yo sí. No había leído ninguna novela suya y sigo sin haberlo hecho. Me he embutido en menos de una semana ‘Coloquio de invierno’ porque pasaba este jueves 27 de febrero a presentarlo por Valencia… por si su texto pudiera darme algún reportaje periodístico. No ha sido el caso, pero sí me ha dejado con ganas de leer en otra ocasión al autor. Con más pausa, con un hilo conductor que le ayude a engancharme a su excelente literatura. Porque lo que es indiscutible es el estilo. Pero claro, no era la mejor forma de debutar un compendio de relatos cortos disfrazados de novela o, ya lo avisa en el título, de ‘Coloquio de invierno’. O de tertulia forzada entre diversas personas atrapadas por la borrasca Filomena. Deliciosa rareza, imagino, para los adeptos a Landero, me he quedado con ganas de más sal y pimienta. Y conste que el estilo es impecable y el trato de temas como la libertad o la muerte, vistos desde el prisma de la edad madura.
Cómo alguien al que se le presupone calidad literaria como Landero crea un montón de personajes pero le da a todos la misma voz y parece que todo el tiempo está hablando la misma persona.
La literatura de ficción se basa en un pacto no escrito: el autor arma un ensamblaje verosímil y a cambio el lector entra de buen grado en la historia aun a sabiendas de que no es verdad. El pacto únicamente funciona si el autor cumple con su parte. Si en algún momento se ven las costuras de la historia, si el truco salta a la vista, el ensalmo se rompe y no hay historia que valga. Es como si en el cine se ve la pértiga de sonido o las paredes del decorado. Pasa que no hay magia. Con este libro me ha ocurrido eso mismo. Nueve personajes retenidos en un refugio por la tormenta Filomena deciden matar el tiempo contándose historias. Todos ellos hacen largos monólogos y todos ellos hablan como si fueran Pérez Galdós, sin que puedas distinguir una voz de otra y sin que ninguno llegue a parecer una persona normal del siglo XXI. "Ni siquiera me atrevía a entregarme a los humildes desafueros de los placeres solitarios", se supone que dice de viva voz uno de ellos a los demás (por poner un ejemplo). De pronto, en la página 132, se refieren a un personaje, taxista, que dice las palabras "el taxis" y "dura de cojones". Y en las casi 200 páginas que siguen todos vuelven a hablar como si fueran Unamuno. Tampoco he conseguido conectar con las historias que cuentan los distintos personajes, no me han dado ganas de contarle ninguna a nadie. En resumen: no he entrado en este libro en ningún momento. Supongo que no era para mí o no era el momento.
Como libro de relatos es malo, como novela también. El autor está tan maravillado con su prosa que se olvida de dar voces distintas a los personajes. Casposo. Lo hubiera abandonado si no llega a ser de un club de lectura
No me han atrapado sus historias. Únicamente me quedaría con determinados relatos, con algunos momentos. No me he llegado a creer ese encuentro casual de estos viajeros y tras irlos escuchando no conseguía discernir cuál era cada uno de ellos. Aunque sí que se reconocen estilos narrativos diferentes según los personajes que van apareciendo. Una crítica coincidente en nuestro club de lectura ha sido que hemos sentido que las mujeres estaban silenciadas y que sólo aparecían en un plano secundario. Nos ha parecido horrible el cinismo y el machismo en la historia del profesor. Los temas prioritarios serían la soledad, la libertad, los celos, los deseos frustrados, el miedo al compromiso y a ser juzgado, el miedo a vivir, la falta de comunicación en sus vidas, acumular ira sin hablar, violencia de género, conflictos que podrían parecer minucias pero que no lo son, infantilización, esas heridas perennes, esas grietas que se acumulan y que no permiten afrontar la realidad. Destacaría la historia del taxista, esa tragedia, esa sombra de dolor, que estalla y que después el periodista se lamenta de no haber hecho nada, pero qué podría haber hecho… También recuerdo especialmente “El hombre que perdió un mechero y encontró un perro, 1,2 y 3” Aunque, y pese a todas estas consideraciones, me quedo con la reivindicación de la fuerza de la tradición oral y con el recuerdo de todas esas conversaciones espontáneas en nuestro mundo rural. Igualmente considero que hubiera gozado más si las diversas historias se hubieran enlazado más, ya que he echado en falta que estuvieran más hilvanadas. El espíritu del apartado de las glosas, del intercambio de opiniones nos hubiera gustado verlo reflejado en la estructura general de la novela. No sé si llegaremos a hacerlo, pero en nuestro club nos hemos planteado reproducir de forma aproximada la estructura de esta novela y escribir también nosotras nuestras propias historias, o aquellas que alguna vez escuchamos o nos explicaron… CITAS: …hasta que no se cuenta lo vivido, con su pequeño añadido imaginario, no está. Sino también las impresiones y vivencias, las pequeñas cosas que nos pasan a todos en la vida, que no son propiamente historias ni tienen en apariencia gracia ni suspense, y como que no merece la pena contarlas, pero sin embargo están ahí, en la memoria y en el corazón, de un modo obsesivo, esperando a ser contadas… Hay que confiar en las palabras: ellas saben contar mejor que nadie Todos tenemos pequeños y a veces grandes secretos que morirán con nuestro último suspiro. Pero, puestos a contarlos, quizá sea más fácil confesarse con desconocidos que con allegados Entonces me entró el sinsabor y la congoja de lo inacabado, de lo mal hecho y a desgana, de la chapuza existencial. “Hay días que me da la tristeza. Es como si me mordiera por dentro con dientes de ratón. Todo el día roe que te roe. Era un hombre en el límite. Y aún queda por comentar ese misterio de cómo por una tontería, y en un momento, se puede torcer y hasta decidir una vida… Déjate de pamplinas y no eches a perder tu vida por temor o vergüenza Una pena sorda, bruta, que enfangaba y envenenaba el alma, y de ahí venía aquel llorar porque sí… Siempre ocurre algo, si no en la superficie sí en las profundidades secretas del alma. Y el alma humana, ¿Quién la entiende? Pero algo debía de estar gestándose en esos parajes inexplorados, porque un día toda la arquitectura familiar, tan laboriosamente construida durante tantos años, y asentada en las sólidas vigas maestras de la costumbre y la conformidad, se vino abajo por efecto de… --No sé qué tendrá la infancia, que le bastan unas pocas experiencias, quizá no más de dos o tres, para forjar un carácter y, con él, un destino. El amor es promesa y condena, y su semilla lleva dentro el germen de la corrupción. Es triste irse del mundo sin dejar atrás una buena acción digna de recuerdo. Al menos una. Miro a mi pasado y ¿qué veo? Un paisaje yermo…
“Sin ponernos de acuerdo, todas las historias que hemos contado, sean o no de amor, tratan de lo mismo —dice Santos—, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante. El encuentro con una vieja maga, la pérdida de un mechero o la aparición de un perro, una mirada maliciosa, unas palabras a destiempo... Esa es nuestra biografía, la historia de unos cuantos momentos de revelación, como los raptos de los místicos o la inspiración de los poetas. Unas cuantas perlas prendidas del hilo neutro del collar“.
A modo de un nuevo “Decamerón” se organiza esta oda a la oralidad, en la que una serie de personas a las que un confinamiento en un hotel rural en la sierra madrileña durante 4 días de enero de 2021 a causa de la borrasca Filomena, les va a brindar la oportunidad de convertirse en -unos más hábiles que otros- narradores de historias, todas jugosas y cautivadoras.
Estos narradores desplegarán un sinfín de técnicas dignas de la más refinada juglaría, con que incluirán al lector en el círculo tertuliano, quien se dejará enredar en analepsis y prolepsis, digresiones y giros, interrupciones, rectificaciones… Y en él la intriga despertará un interés que no se diluirá en ningún momento.
Una vez más Landero hace alarde de un esmerado cuidado del lenguaje, y despliega una prosa de eco cervantino, llena de metáforas y comparaciones rebosantes de luz y verdad.
La obra se construye sobre 5 historias centrales, que se narran de forma fragmentada, entre las que se intercalan “glosas”, donde se producen las aportaciones de los tertulianos, unas más cultas y filosóficas, otras más vulgares y refraneras. Bajo los títulos “Historia de un instante”, “Licor de menta”, “Time’s up”, “El hombre que perdió un mechero y encontró un perro” o “Verano del 69”, encontramos la historia de un ferroviario chapucero existencial, o la de un hombre cuerdo al que los celos lo llevan a la fatalidad, o la de un profesor que vive atormentado por la culpa y el miedo de haber amado (casi siempre platónicamente) a algunas de sus alumnas. También la de un hombre que abandona su vida ordenada para irse a vivir a un banco bajo una acacia, junto a una gasolinera. O la de una compañía de farándula y filosofía.
Todos los relatos comparten un mismo asunto, la entrecana zona media, o anodina monotonía del ir viviendo, ese punto en el que el ser humano se acomoda en su rutina. Ese periodo de conformismo, tranquilidad y madurez, a menudo asociado con la mediocridad dorada o aurea mediocritas.
“Coloquio de invierno” es una elegía a la vida de antes, esa en la que la escasez les daba valor a las cosas, en la que se hacían corros y la gente se miraba a los ojos, en la que se echaban raíces. Una vida más duradera, una vida deliberadamente más humana. 🌷
Nueve desconocidos se ven atrapados tras una nevada. ¿Que mejor forma de pasar el tiempo que contándose historias?
Frases favoritas: “Pasó el tiempo... (y qué gusto da manejar así el tiempo cuando uno cuenta una historia, y qué pena no poder hacer lo mismo en la vida real. Por ejemplo, si hay que ir al dentista, decir: "Y pasaron dos horas", o alargarlo a capricho en los momentos de felicidad. No, en la vida real no hay desperdicio, hay que vivirlo todo, cada hora y hasta cada minuto)...”
“Entonces fue cuando la realidad, varada en alguna vía muerta de la memoria, salió a la luz con toda su crudeza. Y esa realidad, que llegó de golpe, aunque anunciándo. se mucho antes por medio de signos y presentimientos, no era la salud, ni el desánimo, ni la soledad del con-finamiento, sino el pasado, mi pasado: ahi estaba el mal, la raíz amarga del mal. En el pasado, o para ser exactos, en la conciencia. Y era de allí, del fondo vedado de la conciencia, de donde provenían las misteriosas razones de los otros cuando me preguntaban por mi salud y me decían que me cuidase, de alli venían las noches angustiosas, el insomnio, las vi-siones, las matrículas de los coches, los manatíes, las punzadas, las palpitaciones. Ese era el origen de la profunda crisis espiritual que me aquejaba. Así que, ante la sospecha de que ya la muerte andaba olisqueán-dome y siguiéndome el rastro, eché la vista a mi pasado y empecé a preguntarme qué había hecho yo con mi vida, cuál podría ser el balance final. A cierta edad las cuentas pendientes, las pequeñas cuentas quiero decir, al sumarlas, dan cifras de bancarrota.”
“Se encuentra sin ningún pudor al peligroso placer de la elocuencia”.
“No había crimen más perfecto e impune que el de la muerte natural. Trabajar, procrear, morir, y morir otra vez a manos del olvido. Muerto y remuerto. Y todo deprisa, muy deprisa, porque ya venían otros arreando detrás.”
“Eso es lo que quería. Aire, luz y tiem-po. "Porque yo no tenía tiempo para nada", me dijo un día. "No para emplearlo en grandes cosas sino solo, por ejemplo, para ver el humo de un cigarrillo en el aure. Cómo se hace y se deshace, siempre distinto a sí mismo. Es bonito verlo.”
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El aislamiento no siempre incomunica; a veces, obliga a comunicarse.
Coloquio de invierno parte de una situación casi detenida en el tiempo: un grupo de personas queda atrapado en un pequeño hotel rural durante la borrasca Filomena. Sin distracciones ni escapatoria, alguien propone lo más antiguo y revelador que existe, contar historias. Y así, lo que comienza como un pasatiempo deriva en una suerte de confesionario colectivo. Los relatos que emergen son tan diversos como quienes los narran. Algunos se atreven a contar sus propias historias, desnudando secretos nunca antes compartidos; otros optan por dar voz a terceras personas, construyendo historias que rozan lo extraño o lo inquietante. En ese vaivén, la novela plantea la idea sugerente de que a veces es más fácil abrirse ante desconocidos que frente a quienes nos conocen.
El estilo de Landero, cuidado y envolvente, dota al conjunto de una notable cohesión y belleza formal. Sin embargo, esa misma elaboración juega en su contra ya que el tono resulta en ocasiones demasiado pulido, poco acorde con la espontaneidad que cabría esperar de un coloquio improvisado. Hay una cierta artificialidad en las voces que rompe, por momentos, la ilusión de naturalidad.
Una obra que funciona como un mosaico de vidas y máscaras, donde cada historia añade una capa más al retrato humano que Landero construye con precisión.
Una novela que no busca tanto la verosimilitud del diálogo como la verdad emocional que se filtra en cada relato, el hecho en sí de transmitir, de contar, de dialogar, de recordar...
Coloquio de invierno ensalza la tradición de contar historias, ya sean experiencias reales o reinterpretaciones de lo vivido, rememoración del pasado o idealización de la vida añorada. Lo que es seguro es que "de un modo o de otro, solos o en compañía, no sabemos vivir sin contar lo vivido".
La literatura de Luis Landero es única y muy reconocible. También muy desigual: suele alternar grandes novelas con otras más endebles. En la anterior, La última función, queriendo hacer un homenaje, le salió borrón. Esta de ahora no es de las mejores, pero sí está a gran altura, aunque el planteamiento es poco original: un remedo del Decamerón a cuenta de la tormenta Filomena en el invierno del 2021.
· En ese escenario, un albergue y siete personas aisladas por la nieve, se produce un cruce de narraciones "landerianas", es decir, gestos y actos habituales que desencadenan en un sinfín de situaciones éticas que llevan, a su vez, a todo tipo de recuerdos, anécdotas, pensamientos, debates... En general, en las historias del de Alburquerque no hay grandes aventuras ni conflictos tremendos ni tragedias insuperables, no hay en ellas nada absolutamente extraordinario, pero es ahí, precisamente, donde fundamenta la importancia de una obra excelsa que sabe rescatar maravillas de los detalles más nimios y ordinarios. Siempre es un placer leer a Landero, exquisito, reposado y sin estridencias, ecuánime en todo momento, sabio.
· Este Coloquio de invierno al cabo es un recopilatorio de relatos hilados al socaire de las conversaciones entre los confinados. Como en todo libro de cuentos, los hay mejores y los hay menos buenos. Pero en todos y sobre todo en las controversias que suscitan, hay mucha y buena literatura e interesantes reflexiones. Hay que leer a Landero.
Coloquio de invierno reúne a varios desconocidos en un hotel rural aislado por la nieve. Allí, tienen dos cosas importantes,tiempo y otras personas que escuchen lo que van a contar. Y eso es lo que van a hacer. Contar historias. Cada personaje contará una historia propia o una historia que tienen guardada desde hace tiempo que por la razón que sea no la han contado antes. Estos relatos servirán para desahogarse o justificarse pero sobre todo para entenderse y comprenderse y por qué no ,también para perdonarse .
Es una novela coral en la que no hay protagonistas,en la que cada uno cuenta una historia marcada por oportunidades perdidas, decisiones mal tomadas ,actos mal realizados ...
No hay acción,no hay una trama,solo hay relatos . Y cuando hay relatos ya sabemos que vemos muchos temas pero para mí el fundamental es la necesidad que tenemos de contar historias.
Contadme si lo habéis leído y si no apuntarlo y no lo dejéis .
Coloquio de invierno es un ejemplar de narración clásica llevada al tiempo presente: ocho desconocidos atrapados por la nieve Filomena en un hotel rural convierten la espera en un rito de palabras, confesiones y anécdotas que se entrelazan como en un pequeño «Decamerón» moderno. La prosa serena y precisa de Luis Landero convierte el diálogo en el motor del libro, dejando que las historias de los personajes se vayan superponiendo con delicadeza y humor. No es una novela de giros espectaculares, sino de pequeños descubrimientos sobre la condición humana, con un tono cálido, rico en detalles y muy bien equilibrado: entre el recuerdo, la ironía y la meditación tranquila. Ideal para leer despacio y dejar que sus voces queden resonando después de cerrar el libro.
Coloquio de invierno reúne a varios desconocidos en un hotel rural aislado por la nieve en plena Filomena. Allí sólo tienen tiempo... Así que deciden pasarlo contando historias. Y eso es lo que van a hacer. Cada personaje contará una historia propia, de un conocido ó contada su vez por otra persona y que tienen en su memoria desde hace tiempo que por alguna razón ellos no han contado a nadie y les servirá para desahogarse, justificarse o incluso perdonarse. Las historias en si mismas pueden gustar unas más que otras o no gustarte pero encierran algo en la que pensar. sin embargo, podría ser un libro de relatos independientes, pero el autor ha querido darles una unidad y creo que ha fallado. A mí me ha parecido que incluía las historias con calzador sin conseguir lo que pretendía: crear la atmósfera de contar historias. Se ve muy forzado.
Unos personajes quedan atrapados en un hotel en medio de la tormenta Filomena y se cuentan historias para pasar el rato. La premisa inicial es sin duda interesante y el diálogo y el ritmo mantienen muy bien la narración. En la charla se van intercalando los relatos, algunos mejor que otros, de la vida de los personajes. Todos juntos, relatan momentos inolvidables, sorprendentes, increíbles, que han marcado la vida de cada uno. Hay algunas historias de amor, más bien de desamor, que explican un poco como son las personas, con grandes momentos vitales y algunos para olvidar. Podrían haber echado algun personaje a la nieve.
La historia del verano del 69 compensa un poco el resto y me ha parecido la más bonita. El resto son anécdotas o historias más o menos divertidas y entretenidas.
En Coloquio de invierno, Luis Landero construye una novela coral donde el verdadero protagonista es el acto de contar historias. Un grupo de personas queda aislado en un hotel rural durante una tormenta de nieve y decide pasar el tiempo compartiendo recuerdos y experiencias.
A partir de ese planteamiento sencillo, la novela despliega una compleja estructura de relatos dentro del relato que recuerda a la tradición de El Decamerón o del Quijote. Con una prosa irónica, clara y reflexiva, Landero explora cómo los seres humanos utilizamos las historias para comprender nuestra propia vida.
Más que una trama convencional, el libro ofrece una conversación literaria que se convierte en un retrato coral de la memoria, el azar y la imaginación.
Durante el episodio de la "Filomena", un grupo de personas aisladas en un hotel de montaña, deciden contarse historias para pasar el tiempo. Algo así como la idea básica del Decamerón.
A través de las historias, Landero nos muestra que la vida está hecha de momentos que tienen la capacidad de crear algo nuevo o desbaratar todo lo que somos.
La novela es entretenida de leer y la prosa de Landero tiene momentos brillantes como ya sabemos los que hemos disfrutado de sus libros, aunque esta no alcanza los niveles algunas de sus obras maestras.
Tres estrellas porque Landero tiene una prosa bonita y hay historietas que realmente me han atrapado. Es casi más un libro de relatos que una novela, y me parece interesante la premisa, pero la ejecución de la misma me ha parecido un poco insulsa y, como ha venido, se va. Notable mención que, de 7 personajes, 3 son mujeres y solo cuentan una historia (una de los personajes no cuenta historia prácticamente, y dos lo hacen juntas), el resto siempre las cuentan los hombres (alguno cuenta hasta dos historias). Datitos.
Empecé este libro con ganas porque el autor me gusta, pero esta vez su lectura me ha costado.
La novela está construida a partir de varias historias contadas por diferentes personajes, una estructura que en otros libros me gusta porque se sigue bien, pero que en este caso me ha generado confusión. Los relatos se van alternando y a veces me costaba recordar quién era quién o retomar el hilo de cada historia.
Algunos relatos me han entretenido, pero otros se me han hecho cuesta arriba.
Sigo admirando la forma de escribir del autor, pero esta vez no he conectado.
Coloquio de invierno es una novela que funciona como un juego de espejos donde la realidad y la ficción colapsan; la estructura de historias entrelazadas permite que los personajes no solo se conozcan entre sí, sino que reflexionen profundamente sobre sus propias trayectorias vitales al calor del grupo, que se encuentra atrapado en un hotel rural debido a la tormenta de nieve Filomena.
Para sobrellevar el encierro sin cobertura ni conexiones, deciden contarse historias y confesiones de sus vidas que nunca antes habían revelado.