He estado remoloneando con este libro durante bastante tiempo, no porque no tuviera (y muchas) ganas de leerlo, sino porque sé que me iba a resultar especialmente hiriente. Y no me equivocaba.
Sin embargo, no me arrepiento un ápice de su lectura. Me parece un libro más que necesario, especialmente para tanta y tanta gente que, desde una supuesta bondad, se les llena la boca hablando de “paguitas” y de la supuesta vagancia de los que menos tienen.
Por desgracia, en varios momentos de mi vida y de la vida de mis padres, nos ha tocado ser parte de esa estadística de víctimas de la burocracia de los servicios sociales. La única diferencia entre la protagonista del relato, Carmen, y nosotros, es que tuvimos la suerte de tener una familia que pudo, quiso y fue capaz de ayudarnos a mantener la cabeza por encima del agua. A veces, precariamente, pero siempre ahí. Esa pequeña, pero a la vez enorme diferencia es la que hizo que, al menos, hubiera un techo sobre nuestras cabezas y que no tocase mudarse debajo de un puente. En ocasiones, un techo sin electricidad, ni teléfono, ni agua, ni calefacción, ni gas, ni comida, y con un embargo del banco encima, pero al menos había cuatro paredes que nos separaban de la crudeza de la calle. Y, a veces, eso el lo único que te aferra a la dignidad.
Pero si bien no me ha tocado dormir en el frío de la noche, sí que me he tenido que enfrentar a esa Administración cruel e irracional, que casi parece diseñada para volverte loco; para evitar que seas capaz de pedir lo que no es más que una limosna. También he conocido muchos casos extremos, a través de la labor de mi madre en una ONG que atendía a los sintecho de Madrid, en rutas nocturnas. Ahí, entre termos de café y caldo, al frío de la noche, tuvo que escuchar muchas historias kafkianas con relación a las rentas de inserción, el Ingreso Mínimo Vital y tantas y tantas otras realidades que la mayoría nunca conoceremos.
Doy fe que todo lo que se narra en el libro es tal cual, y que resulta una de las muestras más inhumanas de lo desalmada que puede ser la burocracia pública cuando se trata de los más desfavorecidos.
Por eso me arde por dentro cuando oigo a gente, gente que jamás ha tenido que enfrentarse a esto y que seguramente que lo más complicado que hayan tenido que hacer a nivel de gestión sea el fraccionamiento del IBI, hablar de paguitas y de qué los pobre son pobres porque viven mejor así, chupando de los contribuyentes… Hay mucha gente que es mala hasta la médula, y lo peor es que no lo saben. Quiero creer que muchos por simple y sencilla ignorancia.
Diría que debería ser de lectura obligatoria, y como debería decirlo, lo digo: es de lectura obligatoria.