“-¡Fuera de aquí! Rompo mi promesa. Jamás volveré a crear otro ser como tú, con tu misma deformidad y tus maldades.
-Quise razonar contigo, pero has demostrado que no quieres. Recuerda que soy yo quien tiene el poder. Te consideras desgraciado, pero piensa que sólo yo puedo hacerte tan desdichado que la luz del día te resultará odiosa. Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño. ¡Obedece! Ten cuidado porque a nada temo, y eso me convierte en poderoso.”
Fue en abril, durante el verano del año 1816 en Villa Diodati, una localidad Ginebra que el más famoso y más romántico de los Románticos, el poeta inglés, Lord Byron, organizó un desafío literario para escribir el cuento más terrorífico que se les ocurriera, junto a su médico personal, John Polidori, el célebre poeta inglés Percy Bysshe Shelley y su amante, Mary Goodwin, quien más tarde se convertiría en su esposa y con nuevo apellido le daría chispa a la vida de la criatura más emblemática, conocida y arquetípica en la historia de la literatura: el monstruo creado por el científico Víctor Frankenstein.
Los relatos de Byron, “El entierro”, y de Percy Shelley “Los asesinos”, están inacabados y por ende, es imposible saber cuál podría haber sido su final.
El mejor relato de todos es del de John Polidori, “El vampiro”, que es el disparador de lo que en la actualidad conoceríamos a través de Bram Stoker con “Drácula”, y esto se debe a que "El vampiro" anticipa a la inmortal novela de Stoker 56 años antes de su publicación.
Pero sería Mary Shelley quien al final terminaría ganando y todo surge a partir de un extraño y profético sueño que tuvo en ese castillo, luego de leer entre todos distintos cuentos de los más afamados escritores alemanes, siendo E.T.A. Hoffmann el referente más importante.
A la mañana siguiente, cuando despertó les contó lo que soñó: “Vi a un pálido estudiante de arte impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi el horrendo fantasma de un hombre que estaba tendido, y luego, por obra de algún ingenio poderoso, manifestaba signos de vida y se agitaba con movimiento torpe y semivital…”
La escena nos lleva directamente al momento en el que Víctor Frankenstein, en esa tormentosa noche demencial, casi de la misma manera que en el cuento “El sueño” que la autora escribiera dos años antes, exclama que si criatura está viva: "Era ya la una de la noche. Una lluvia lúgubre golpeaba los cristales y la vela estaba a punto de apagarse cuando, iluminado por el resplandor de la luz casi consumida, vi que el ojo amarillento y mortecino de la criatura se abría; respiró con dificultad y agitó sus miembros con un movimiento convulso."
Increíblemente y como si fuera una trágica maniobra del destino, ese encuentro tendría un final funesto: en 1821 John Polidori se suicidaría pero le sobrevivirá su inmortal cuento y Percy Bysshe Shelley moriría ahogado a orillas del lago Leman, dos meses después y de todo ese dolor surgiría esta obra inmortal llamada “Frankenstein, o el moderno Prometeo” que Mary Shelley escribiría con tan sólo dieciocho años.”
Pero esto no es todo. Existe un dato que no muchos conocen acerca de Mary Shelley: cuando el cuerpo de Percy Bysshe Shelley es llevado ante ella, pide que le saquen el corazón, dado que cuando Shelley es cremado su corazón, por razones completamente inexplicables, ¡no se quemó!
Ante esta señal, ella pidió que lo envolvieran en hojas de sus propios poemas, lo pusieran en un estuche y lo colocaran en su ataúd cuando ella misma falleciera y de esta manera, cuando esto sucedió, la enterraron junto con el corazón de su amado.
Más Romanticismo que eso, imposible.
Poco queda por agregar acerca de Frankenstein que no se haya escrito ya a estas alturas.
La novela es y será una de las más representativas del Romanticismo. Contiene muchos elementos de este movimiento: desde la dualidad Víctor/Monstruo, que en cierta manera es una forma de temática del doble, el sufrimiento del que sabe que va a perder (en ambos casos), el titanismo romántico claramente expuesto en la obra, el juego peligroso con la ciencia (El extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson es otro caso y posteriormente lo será también “La isla del doctor Moreau” de H.G. Wells ) y la referencia de Prometeo (de allí el subtítulo de la misma), ese semi dios condenado al que hace referencia, inmortalizarán esta obra.
La obra posee tres narradores bien diferenciados. En primer lugar leemos las cartas del capitán Walton quien nos presenta la historia de cómo encuentra al doctor Víctor Frankenstein en medio del lugar más congelado del Polo Norte.
Posteriormente, todos los sucesos que Frankenstein le cuenta a Walton, desde cómo es su niñez hasta la creación del horrendo monstruo y lo que sucede después ante la negativa suya de crearle una compañera y por último es el turno de la criatura quien le cuenta a Frankenstein todas las vicisitudes que tuvo que pasar hasta que encuentra nuevamente a su creador.
Cuando uno cree que es terrible lo que lee acerca de lo que sufre Víctor Frankenstein, se queda sin palabras al enterarse de las miserias e injusticias que la criatura debe sobrellevar para no sucumbir.
Es extremadamente bella y a la vez terrible la manera en que la autora nos acerca ambas historias, ya que logra conmovernos en ambos casos, a punto tal que no sabemos cómo lectores a quién apoyar.
El encuentro entre ambos y lo que surge de ello es épico y no existe otro adjetivo para describir tanta perfección.
Los diálogos son poderosos, las escenas subyugantes y el argumento está construido sin fallas para todo se vaya ensamblando con el correr de la lectura.
La novela es cerrada magistralmente cuando los tres, Walton, Frankenstein y la criatura se encuentran y le ponen fin a este drama tan intenso, tan único, tan descollante.
Es algo verdaderamente espeluznante tratar de entender cómo pudo Mary Shelley, esta adolescente de dieciocho años en el siglo XIX, crear algo tan inolvidable y terrible.
Más de un estudioso de las letras se lo sigue preguntando.