Uno entra en una comisaría por la puerta, sale por una ventana y, a partir de ahí, todo el mundo parece saber exactamente qué ocurrió. Mal asunto.
Darío Fo parte de una muerte real, la de Giuseppe Pinelli, ferroviario anarquista que en diciembre de 1969 cayó desde una ventana de la Jefatura de Policía de Milán mientras era interrogado tras el atentado de Piazza Fontana. Y hace algo que, contado así, casi parece de mal gusto: convierte el caso en una comedia. Una comedia desaforada, además. Con disfraces, equívocos, puertas, llamadas telefónicas, funcionarios que se contradicen y un loco que entra en escena dispuesto a demostrar que, cuando la realidad se vuelve suficientemente absurda, la farsa tiene una ventaja decisiva: por lo menos reconoce que lo es.
Ese loco —el Loco, porque Fo tampoco pierde demasiado tiempo en sutilezas nominales— es el gran invento de Muerte accidental de un anarquista. Lo detienen por su afición patológica a hacerse pasar por otras personas y, en cuanto se queda solo en la comisaría, descubre que tiene delante el escenario perfecto. A partir de ahí comienza una sucesión de imposturas que le permite infiltrarse en la investigación sobre la muerte del anarquista y obligar a los propios policías a reconstruir lo sucedido.
Decir mucho más sería estropear buena parte de la diversión. Basta con saber que cada explicación que los agentes intentan remendar abre un agujero nuevo, y que Fo convierte esas contradicciones en una especie de mecanismo de relojería averiado: cuanto más se esfuerzan todos por hacerlo funcionar, más piezas salen disparadas.
Y aquí está, para mí, la gracia enorme de la obra. El Loco miente sin parar, cambia de identidad, inventa versiones, improvisa pruebas y manipula a todo el que tiene delante. Sin embargo, sus mentiras sirven para desnudar otras mentiras mucho más respetables, de esas que llevan membrete, uniforme, sello y vocabulario administrativo. La autoridad pretende controlar el relato; el Loco se limita a jugar con sus reglas hasta que el relato acaba haciendo ruidos bastante sospechosos.
Hasta la propia obra juega a disfrazarse: Fo la presentó inicialmente como si hablara de Andrea Salsedo, otro anarquista italiano que décadas antes había caído desde una dependencia policial estadounidense. La coartada tiene algo deliciosamente apropiado: una farsa sobre versiones oficiales que empieza por presentarse bajo una identidad falsa.
Fo entendió algo muy serio sobre el poder: también necesita escenografía. Una mesa, un despacho, un cargo, una declaración escrita, alguien que diga «esto ocurrió así». El teatro resulta entonces un lugar especialmente apropiado para desmontarlo, porque allí todo el mundo sabe de entrada que está viendo una representación. El espectador acepta el engaño; lo interesante llega cuando descubre que fuera del escenario quizá lleva aceptando otros sin darse cuenta.
Por eso la acumulación de chistes, exageraciones y gags físicos no rebaja la carga política. La hace más feroz. Fo convierte la materia del expediente en teatro y deja que los responsables tropiecen con sus propias palabras. Y buena parte de ese disparate tiene una base menos inventada de lo que parece: trabajó con declaraciones y actas del propio caso Pinelli y fue incorporando a la obra contradicciones que iban aflorando alrededor del proceso. A veces el dramaturgo solo necesitaba dejar hablar al expediente. El efecto es parecido al de ver a alguien empeñado en salir de un hoyo a fuerza de cavar y comprobar que con cada palada desaparece un poco más. Uno se ríe, claro. Y luego recuerda por qué se está riendo.
El personaje del Loco funciona además como una criatura teatral casi pura. No necesita una psicología minuciosa ni un pasado conmovedor. Necesita velocidad. Entra y sale de identidades, domina el ritmo de la conversación, detecta el punto débil de cada interlocutor y convierte cualquier intento de recuperar el control en material para la siguiente escena. Es bufón, fiscal, actor y saboteador a la vez. El supuesto demente termina siendo quien comprende mejor las reglas de la función.
Los demás personajes están construidos con una brocha deliberadamente más gruesa. Policías, comisarios, periodistas: importan menos como individuos que como piezas de un aparato que intenta producir una versión coherente de sí mismo. A Fo le interesa el mecanismo. Y precisamente por eso funciona tan bien la aparición de la periodista, porque introduce a alguien que llega con preguntas en un lugar donde todos preferirían dedicarse a fabricar respuestas. Con ella, además, la batalla sale de la comisaría: lo que los policías consiguen construir dentro tendrá que circular después fuera y pelear allí por convertirse en la versión que todos den por buena.
También merece la pena decirlo para quienes miran un texto teatral con cierta prevención: Muerte accidental de un anarquista se lee estupendamente. Fue escrita para el escenario, claro, y es fácil imaginar cuánto puede ganar con un gran actor lanzado físicamente a interpretar al Loco, pero la energía está ya en la página. Los diálogos corren, las entradas y salidas tienen ritmo, las réplicas se pisan unas a otras y las acotaciones dejan suficiente espacio para que la función se monte sola en la cabeza. Al cabo de unas páginas se olvida uno de que está leyendo teatro y se limita a perseguir a estos personajes por la comisaría. Y es perfectamente posible hacerlo de una sentada, en una sola tarde: ese ritmo casi sin respiro forma parte de la propia maquinaria de la farsa.
Conocer el contexto histórico añade otra capa bastante amarga. Años después, la investigación judicial consideró improbable el suicidio y excluyó que Pinelli hubiera sido arrojado por la ventana, recurriendo finalmente a la célebre fórmula del «malore attivo», un «malestar activo» que habría provocado su caída. Cuesta encontrar una expresión que parezca escrita con mayor entusiasmo por el propio Darío Fo. La realidad, por una vez, consiguió competir dignamente con el dramaturgo.
Y quizá por eso la obra conserva tan bien los dientes. Pertenece a una circunstancia política muy concreta, a la Italia de los años de plomo y de la estrategia de la tensión, pero su combustible es mucho más reconocible: versiones oficiales que se corrigen sobre la marcha, instituciones preocupadas por su relato, palabras escogidas para que un hecho parezca otra cosa y ciudadanos obligados a decidir en qué momento una explicación deja de ser explicación y empieza a ser prestidigitación. Fo apunta además a algo que el poder sabe hacer muy bien: absorber el escándalo, reajustar la versión y seguir funcionando. Las contradicciones ni siquiera tienen que desaparecer; a veces basta con administrarlas.
Fo ganó el Nobel muchos años después y esta sigue siendo una de sus obras más representadas. Se entiende. Pero la propia farsa obliga a preguntarse: ¿qué puede hacer realmente la sátira después de desmontar una mentira? Ridiculizarla permite verla con una claridad extraordinaria; hacer que deje de funcionar ya es otra historia. Muerte accidental de un anarquista consigue, en cualquier caso, una cosa dificilísima: que la carcajada no sirva para olvidarse de la muerte que puso todo en marcha. La risa va acumulándose alrededor de ella, cada vez más escandalosa, hasta que uno termina mirando esa ventana con bastante menos ganas de reír.
Cinco estrellas. Y una recomendación adicional: si alguien sigue convencido de que el teatro solo existe cuando se levanta el telón, que pruebe con este. A veces basta abrir un libro para que empiece la función.
DC