John Connolly tiene el honor de ser el único autor de novela negra que leo, y eso se debe no solo a la calidad de sus historias, sino a que difícilmente podrían considerarse como novela negra. De hecho, la primera entrega de su detective atormentado, que se ajusta más a los cánones del género, es la que menos me gusta, aunque ya incluya los elementos que hacen destacar su obra por sobre la de otros compañeros del gremio: la inclusión de sucesos sobrenaturales y del género del terror. Si bien sus historias nunca caen en lo fantástico y la resolución de sus casos siempre se ajustan a las leyes físicas que gobiernan nuestra anodina realidad, Connolly trabaja sus atmósferas como si leyéramos un cuento de fantasmas, crea una mitología alrededor de los antagonistas que, pese a partir de un suceso histórico real, suele caer en lo fantástico y sobrenatural. Es más, mucho de sus villanos se creen imbuidos por un poder sobrenatural y, claro, al igual que los orcos en Warhammer, muchas veces creer es poder.
Dado el gusto que tiene el autor por lo terrorífico y por el género del horror, no es de extrañar que haya cultivado el formato breve. Por eso me lancé a por esta colección, partiendo de la premisa de que, si lo que más disfrutaba de sus novelas era su componente terrorífico, sus píldoras de género concentradas las iba a disfrutar el doble o el triple. Craso error.
La colección incluye los siguientes relatos:
-El vaquero del cáncer cabalga (****): un hombre encuentra a una familia de fanáticos religiosos, que viven aislados en una casa a las afueras del pueblo, consumidos por una enfermedad que les ha desfigurado y podrido el cuerpo en vida. Pocas semanas después, estos mismos síntomas comienzan a aparecer en otro pueblo, muy alejado del primero. Y es que al parecer alguien esta esparciendo la enfermedad deliberadamente, con aviesas intenciones. Quizá por su extensión, quizá por estar particularmente sensibilizado con este tema, este me ha resultado el mejor relato de la colección, el más Connolly. Lo mejor no es la amenaza en sí y el horrible destino que le espera a cualquiera que entra en contacto con este sanguinario vaquero carcinógeno, sino el componente humano que permea todo el texto. El autor, sin dejar de centrarse en la parte aterradora, se permite trabajar con el dolor físico y mental, directo e indirecto, que provoca esta enfermedad en quien la padece y en quienes son testigos de ella. Un relato brutal y contundente, con un final muy satisfactorio.
-El demonio del señor Pettinger (***): en un convento apartado de una población aislada, el cura ha hecho un descubrimiento terrible tras leer una serie de documentos y tratados históricos. El convento guarda un secreto subterráneo: hay algo atrapado bajo sus cimientos. Como suele ocurrir, la curiosidad mató al gato. No está mal, pero no es muy memorable.
-El rey de los elfos (***): Los terrores infantiles que hacen las delicias de pequeños y adultos. En este caso, tenemos a una criatura feérica directamente extraída de los cuentos de los hermanos Grimm, esto es, con sus ansias homicidas intactas. Un padre tendrá que luchar contra el acoso implacable de un hada que quiere hacerse con su jugoso vástago. Tampoco está mal, pero es, si cabe, aún menos memorable que el anterior.
-La nueva hija (***): Un padre soltero a cargo de sus dos hijos es testigo de cómo su hija sufre los cambios propios de la edad: humor voluble, falta de comunicación padre-hija, ojos rojos, ganas de matar. La clásica pubertad. Connolly vuelve a trabajar los elementos del cuento anterior y de numerosos cuentos posteriores: casa en el campo abandonada de la mano de Dios, una amenaza que quiere apoderarse de sus hijos, la impotencia de un padre al ser incapaz de proteger a su familia...
-El ritual de los huesos (*): Aquí entramos ya en el campo de la vergüenza ajena. En un elitista y antiguo colegio privado, un alumno de clase baja descubrirá cómo las novatadas, con la connivencia del profesorado, se van de las manos. No sé qué me produce mayor sonrojo, si la burda crítica a las clases altas o que los profesores tengan nombres de escritores de terror famosos. Director Lovecraft... ¿En serio?
-La sala de la caldera (**): Un hombre con un trágico pasado entra a trabajar como vigilante nocturno de un edificio abandonado. En su primera noche, observa cómo un grupo de vagabundos con distintas mutilaciones y deformaciones se mueve por el lugar con misteriosos propósitos. Al final, pasado y presente se unen de manera trágica. En manos de Ligotti, este relato hubiera sido una maravilla; en manos de King, hubiera sido correcto: en manos de Connolly, no convence.
-Las brujas de Underbury (***): Un cuento ambientado en la campiña inglesa de principios de siglo XX. Unos investigadores de Scotland Yard acuden a un pueblo para investigar el asesinato en extrañas circunstancias de uno de sus ciudadanos, uno no especialmente querido por su bilioso temperamento y sus lúbricos apetitos. Para aderezar este misterioso crimen, tenemos un caso de brujería ocurrido trescientos años antes que se cobró la víctima de tres mujeres... ¿inocentes? No sabría decir si este relato tiene un toque feminista o misógino. No deja de ser una venganza sobrenatural perpetrada contra un violador, pero, claro, las protagonistas no son las brujas, sino los detectives que han ido a detener a los culpables. Y lo hacen, vaya que si lo hacen. Es un buen relato.
-El mono del tintero (***): un relato muy simpático sobre escribir, en particular, sobre lo difícil que es escribir cuando no se tiene ni el talento ni la capacidad de sacrificio necesaria. Un escritor mediocre se bate contra la página en blanco y pierde asalto tras asalto. Como buen advenedizo, busca un atajo, y lo encuentra en forma de tintero chino. Siguiendo las instrucciones, recupera la inspiración y gana en calidad. Pero, claro, hay un precio a pagar.
-Arenas movedizas (***): volvemos a escenarios típicos del folk horror, a saber, extranjero en tierra extraña, a la sazón cura, una población rural aislada y cerrada, paganismo y una amenaza sobrenatural. Un cura llega a una pueblo en el que la religión ortodoxa y reglada no ha arraigado correctamente, en parte por las tradiciones endogámicas de los habitantes, en parte porque tienen una divinidad de poder manifiesto que vela por ellos. Es folk horror puro, y eso siempre es alegría.
-Algunos niños se extravían por error (**): el circo llega al pueblo, y un chaval solitario decide acudir al espectáculo. Los payasos le resultan especialmente inquietantes ¿y a quién no? Como dije antes, en manos de Ligotti este relato hubiera sido brutal, pero Connolly lo convierte en una chorrada demasiado obvia. Por Dios, que el puñetero circo se llama Calibán.
-Profundidades verdes y oscuras (**): por echar un corchete todos hemos hecho muchas tonterías, como ver el diario de Noah o sobrevivir a un concierto de Dover -esto es una historia sincera-. En esta ocasión, un chaval decide demostrar su gallardía acompañando a su ligue a darse un bañito en el embalse del pueblo, un pantano con muy mala fama que, para su construcción, hubo de sumergir un pueblo entero bajo las aguas. Digamos que el baño les sale muy caro.
-La señorita Froom, vampiro (***): un cuento que parece querer deconstruir la figura del vampiro pero que, al final, resulta que no, que es un cuento de vampiros normal y corriente. La señora Froom es un activo muy querido del pueblo por su naturaleza voluntariosa, los servicios que ofrece desinteresadamente a sus convecinos y el exquisito gusto que tiene para la decoración. Sin embargo, nadie sabe precisar su edad, su ascendencia o su pasado, pues mantiene una respetuosa distancia con sus semejantes. Un día, un joven que pasa por ahí es reclamado por la señorita Froom, que necesita ayuda en su jardín. Entonces conoceremos su historia.
-El abismo de Wakeford (**): una pareja de excursionistas, veteranos escaladores y aficionados espeleólogos, decide descender por unas cuevas con muy mala fama pese a las muchas advertencias de los lugareños. Cómo suele ocurrir cuando desciendes a una caverna misteriosa, descubrirán demasiado tarde que la oquedad subterránea, más que caverna, es cubil. Si los animales pequeños con muchas patas os producen repeluco, seguramente vosotros le pongáis más estrellas a este relato.
-Nocturno (**): regresamos al terror familiar. Un padre soltero que ha perdido a uno de su hijo se muda junto a su retoño superviviente a otra localidad. En esta nueva casa, sospechosamente barata, hay un piano. Y, por supuesto, el instrumento tiene la mala costumbre de tocarse solo a horas intempestivas. Por si no fuera suficiente razón para largarse del lugar cagando leches, el pequeño de la familia dice que el piano lo esta tocando su hermano fallecido. Sorpresa sorpresa: no es su hermano.
-El capricho del señor Gray (**): un matrimonio malavenido se muda a una mansión solariega que cuenta con un capricho, un cenador antiguo que no armoniza ni con la casa ni con el paisaje. Pronto, ese capricho comienza a ejercer una extraña influencia en la mujer, y es que la construcción encierra bajo sus cimientos un secreto. De nuevo, un cuento que no sabes si pretende ser feminista o misógino, aunque este creo que me inclino más por lo segundo. Ojo, en absoluto acuso a John Connolly de serlo porque a) este relato se ambienta a principios de siglo XX y los personajes se comportan de acuerdo a los normas y costumbres de la época, b) en la saga de Charlie Parker no hay ningún punto de misoginia y c) el siguiente relato no tiene nada de este tufillo. Es decir, que quizá este cuento lo parezca más por tratarse de una historia fallida que por convencimiento del autor.
-El ciclo (****): coger el último tranvía de la jornada es asunto peligroso, especialmente cuando eres una joven y estas en esos días en que los rigores fisiológicos te provocan dolorosas sensaciones en el bajo vientre, una desagradable agudización de los sentidos, un metálico mal resabio en la boca, y un hirsutismo incipiente. Este relato me ha gustado mucho por lo satisfactorio de su final.
-El lecho nupcial (**): una pareja enamorada a punto de casarse ven sus esperanzas de ayuntar por primera vez en el lecho nupcial truncadas al toparse la muchacha con un asesino. Sin embargo, el desamparado enamorado no puede resistir el deseo de encontrarse con su amada una última vez. La rica necrofilia, siempre presente en nuestros corazones.
-El hombre de los Segundos Quince (*): a un urbanita le deja tirado su coche en mitad de un camino rural en una desapacible noche de lluvia. Allí, un bromista comienza a atormentarle. De esos cuentos que tienes que volver sobre ellos porque no recuerdas ni que los has leído.
-La posada de Shillingford (**): un cuento de hoteles encantados. Un viajante hace una parada estratégica para pernoctar en la ya conocida posada. Allí pasará una noche de las que quedan para el recuerdo. Un relato correcto, pero, también, muy poco memorable.