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«No puedo acostumbrarme a no decir "te acordás" porque intento mantener, en esos pedacitos de pasado compartido, los lazos cómplices que me unen a ella. Y porque para mantener una conversación –para mantener una relación– es necesario hacer memoria juntas o jugar a hacerla, aún cuando ella –es decir, su memoria– ya ha dejado sola a la mía»
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Una enfermedad que se trague mis recuerdos dejándome como un carapacho vacío: ese es mi más enconado temor en la vida, uno potenciado por aquella ceguera facial no diagnosticada que a veces creo padecer. He estado tan obsesionado con sufrir alguna de esas enfermedades degenerativas de la mente, que nunca me había detenido a pensar en esa otra e igualmente cruel posibilidad: que yo no sea quien olvide sino el olvidado, que un ser querido deje de recordar lo que hicimos y lo que hablamos, deje de reconocer en mis expresiones y facciones un mensaje cifrado que demoramos años en perfeccionar, que olvide mi rostro, quién soy y finalmente quién es. No, no había considerado esa opción, hasta ahora, después de leer este libro de S. Molloy.
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La historia es precisamente esa: las reflexiones de una mujer cada vez que visita a su amiga y ex amante a medida que el Alzheimer agujerea su mente y su memoria, a medida que desarticula el “yo” no solo de la víctima en la que yace el mal sino de quienes la conocieron, porque no hay que olvidar ─y el libro no lo permite─ que uno solo es en relación con los demás. En ese sentido, ¿uno sigue siendo el mismo si quienes ayudaron a definirlo ya no lo recuerdan? Hacerme esa pregunta ─y ni que decir intentar responderla─ me llenó de pánico.
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El libro es conmovedor, descarnado y existencial, pero manejado con una narrativa sencilla, precisa e íntima en forma de pasajes, casi que de falso diario, que a veces pareciera sugerir que estamos frente a una biografía de la tragedia y, en otras, frente a una ficción del olvido. Quizás, como toda buena obra, la verdad está en algún punto entre los dos.
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Volví a ella, como prometí que lo haría. Y cómo no hacerlo, si desde aquella primera vez que la leí (ver post del 16 de junio 2020) he agudizado mi oído para rastrear su nombre y me he dado cuenta de que ella, Sylvia, ha sido inspiración de algunas –de muchas– de las mejores escritoras que llenan mi orgullosa biblioteca: Schweblin, Enríquez, Meruane y un gran etc. Fueron ellas, principalmente ellas, quienes la sacaron del olvido en el que la había dejado la historia oficial de la literatura latinoamericana, aquella escrita por y para nosotros, los hombres.
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Lo que más me sorprende de ella es que aprendió a leer y a escribir primero en inglés y después en francés. No me refiero solo al abecedario y a sus primeras letras; literariamente hablando, incluso en su adultez, ella se acercó primero a las grandes plumas inglesas y francesas en sus idiomas originales, que a las latinoamericanas, curiosa paradoja en la vida de quien se convertiría no solo en una de las mayores expertas en la narrativa de este lado del hemisferio sino en una de sus mejores exponentes.